“Somos cuatro inadaptados que no pegamos y tocamos para otros inadaptados, para los marginados del fondo de la sala, que tampoco encajan en la sociedad. Tocamos para ellos”.

Frase de Freddie Mercury en la película Bohemian Raphsody

Recuerdo que en mi clase existía la representación de lo bueno y de lo malo de cada familia, como me imagino que en el resto de las clases del mundo. Entre mis compañeros estaba la “gordita”, el “gafotas”, el “malote”, el “empollón”, la “barbie”, entre otros.

Recuerdo las peleas en el patio y los insultos. Recuerdo a los patitos feos sintiéndose arrinconados, excluidos.

En la adolescencia nos sumamos muchos otros que nunca fuimos insultados, pero sí nos sentimos extraños, en la búsqueda de nuestro lugar en el mundo.

Con los años ves que esa búsqueda es la de uno mismo, y se puede hacer más duradera si no sabes lo que necesitas, qué tienes de bueno o qué tienes de único que puedas compartir con los demás sin miedo.

En nuestra historia reciente existen innumerables ejemplos de personas raras, excéntricas, inadaptadas, que encontraron su lugar gracias a la expresión creativa de su talento. Freddie Mercury, Steve Jobs, Stephen Hawking…

«Se dirigió entonces hacia ellos, con la cabeza baja, para hacerles ver que estaba dispuesto a morir. Y entonces vio su reflejo en el agua: el patito feo se había transformado en un soberbio cisne blanco… »

Patitos feos transformados en hermosos cines blancos a ojos de los demás.

Sin embargo, en estas historias están también las historias personales del rechazo.

El rechazo parece que forma parte de la condición de sentirse distinto a otros. El rechazo por el aspecto físico, por la orientación sexual, por la inteligencia o sensibilidad creativa, por tener una visión distinta a la mayoría, por el estilo de vida, por la diferenciación con la familia y/o amigos, etc.

En el libro El Gen Egoísta, el autor explica que los seres humanos, al igual que el resto de los animales, somos máquinas dominadas por nuestros genes con la implicación que esto conlleva en el comportamiento humano. El altruismo, la cooperación, la generosidad no son parte de nuestra naturaleza biológica. Nuestra naturaleza es egoísta. La meta es la supervivencia, el éxito evolutivo.

Esto puede explicar infinidad de fenómenos, entre ellos el miedo a lo diferente.

El miedo a lo distinto aparece en la familia antes del nacimiento de uno. El miedo a la deformidad, a la falta de inteligencia, a los rasgos distintos que pueda tener un bebé. Es un miedo que no se expresa abiertamente, pero que está en nuestra identidad como especie que necesita a los más preparados para sobrevivir.

Este miedo se extiende en cada etapa evolutiva. Durante los primeros meses de vida, el bebé es evaluado por su percentil generando gran ansiedad en los padres que sus hijos no estén en la media.

Más allá del miedo por la salud física, absolutamente razonable, el percentil puede ser la metáfora de lo que posteriormente espera al niño. Será  evaluado en el aula por sus notas y comportamiento, en el patio por su popularidad, en el hogar por su personalidad comparado con las referencias familiares.

El éxito evolutivo, donde lo que prima es sobrevivir, competir, luchar; parece estar demasiado presente en un mundo donde el éxito debería ser cooperar, colaborar, compartir, trascender, etc.

La necesidad de un éxito en el que el ego manda, puede estar marcando pautas de comportamiento que nos llevan a separarnos unos de otros. Los niños representan las luchas ancestrales en el patio, los adultos nos equivocamos al elegir nuestras batallas.

Los patitos feos puede convertirse en grandes estrellas, en hermosos cisnes blancos. Sin embargo, ser amados por lo que en realidad somos es la mayor necesidad del ser humano. Aceptar lo que somos, apreciar a los demás por lo que son, valorar la autenticidad de cada uno es lo que nos lleva a ser seres en evolución.

Noelia Estévez

Psicóloga

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