«A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’ Pero en cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’ Solamente con estos detalles creen conocerle.»

 El Principito . Antoine de Saint-Exupéry

 

Si te pidiera que hicieras un listado de las cosas importantes de tu día de hoy, tal vez escribieras un listado de tareas. Si te preguntara de nuevo qué es lo verdaderamente importante de tu día, seguramente una nueva reflexión haría que tu listado fuera diferente y escribieras el nombre de personas.

El estudio realizado a 1.000 mujeres por Daniel Kahneman en EE.UU para que evaluasen las actividades diarias, determinó que lo que hace feliz a una persona no es ni la presión laboral, ni el dinero, y sí las relaciones significativas.

Los estudios en psicología social nos sugieren que debemos cambiar la manera de considerar nuestras relaciones y “aprovechar” cada minuto con ellas para ser felices.

Aquellos que hemos perdido una persona importante en nuestra vida, nos damos cuenta que el tiempo carece de precio. No hay nada que valga tanto como el tiempo empleado en ser útil a otros y nutrir las relaciones que tenemos.

Sin embargo, el bienestar que obtiene el ser humano en las relaciones sociales está amenazado si la mirada de las personas está dirigida a despersonalizar las relaciones, a cosificarlas, a utilizarlas para obtener placer, prestigio, dinero, etc.

También corremos el riesgo de perdernos si la necesidad que tenemos de ser seres de éxito, individuales, nos lleva a no tener en cuenta las relaciones próximas, familiares y/o de pareja, la inteligencia del equipo, la visión colectiva y las necesidades propiamente humanas de relacionarnos.

Según Herbet Mead, filósofo americano creador del “yo social”, la meta del ser humano está en el desarrollo de una inteligencia social. La responsabilidad de lo que somos está en construir una sociedad buena para todos.

¿Qué sucedería si los avances tecnológicos no están diseñados con este fin? ¿Qué pasaría si pasamos por alto esto y desconectamos de lo que nos hace humanos?

La empatía puede ser la clave para no perdernos; para que las personas tengamos una mirada comprensiva hacia las personas y trascendamos a lo social. Es la competencia que nos lleva a estar conectados con nuestra búsqueda de autorrealización y a la vez tener relaciones sanas con los demás.

Según el neurocientífico Marco Lacoboni, la forma que tenemos de aprender a través de las neuronas espejo muestra que somos una civilización empática. La amígdala y sus conexiones en el área visual del córtex constituyen el asiento cerebral de la empatía. 

Según el psicólogo Paul Ekman, existen tres clases de empatía:

  • Empatía cognitiva: Es la capacidad para identificar y comprender las emociones de otras personas. 
  • Empatía afectiva:  Es la capacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo.
  • Compasión: Además de poder reconocer las emociones de los demás y sentirlas en nuestro cuerpo, trazamos acciones para ayudar a los otros. 

Normalmente, las personas comprendemos de una manera instintiva las emociones y las intelectualizamos; de tal manera que no llegamos a conectar con su profundidad. Por otra parte, desconectamos de las emociones del otro si no nos benefician.

Las personas conseguimos alejarnos emocionalmente del otro y construir un búnker para estar a salvo de todo aquello que nos puede hacer daño, perjudicar, dejar de estar cómodo/a.

Acceder a una empatía afectiva y a la compasión es la puerta para sintonizar con el otro y transformar mis necesidades individuales en algo que comparto con el otro.

En la medida que las personas nos demos cuenta de que lo que es importante son las relaciones, tal vez podamos estar más presentes en ellas cada día. Tener relaciones sanas es la máxima a la que todos debemos aspirar.

 

Noelia Estévez

Psicóloga

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