“Si soy honesta debo decir que todavía leo cuentos de hadas, y son los que más me gustan”. AUDREY HEPBURN

 

 

Si te pidiera que te transportaras a la infancia, que recordaras un cuento que te contaban antes de acostarte, o en una tarde sobre el suelo del salón y visualizaras de nuevo esas imágenes y quién te las contaba en tu memoria… Quizá fue un abuelo, o tu madre, o una maestra que marcó nuestra infancia… Si puedes saborear estos momentos, seguro que con cierta nostalgia agradecerás a quien dedicó esos minutos para enseñarte a imaginar otros sitios que no podías ver o, siquiera, imaginar.

Ojalá todos hayamos crecido con cuentos y, ojalá, todos nuestros niños también lo hagan de hoy en adelante.

Los cuentos han servido históricamente para observar muchas verdades del mundo. Para entender lo que pasa. Ya lo hacían en África los koristas, o los trovadores medievales, los sufíes, las matriarcas tribales y nuestros padres y abuelos en este último siglo. El cuento ha servido ancestralmente para COMUNICAR y unir, pero sobre todo, para acompañar el desarrollo de los niños.

 

EL CUENTO Y EL CEREBRO

 

Escuchando cuentos nutrimos cada capa del cerebro de un niño:

Activamos el oído (principal sentido desde el útero materno que nos conecta con la tierra, con la vida). Las vibraciones se tienen en el cuerpo y la experiencia es presente.

Nuestra parte emocional y conectiva del cerebro también vive feliz al escuchar un cuento. Curamos nuestra soledad interior compartiendo historias y dando orden a lo que emocionalmente nos pasa. Estamos con quien nos lo cuenta y sentimos su atención y calor. Nos conectamos.

Contando cuentos conseguimos cultivar la imaginación que permite desarrollar el pensamiento. Creamos visiones y desarrollamos creativamente ideas y un hilo conductor sobre lo que nos cuentan… Nos transportamos.

Y algo importante, sin duda, es que aprendemos a tomar decisiones. Como decíamos el pasado día del Libro: “leer nos permite liderar esas escenas y ser liderados también”. El niño se imbuye en la historia con facilidad y, también se rebela contra algunos personajes, finales inesperados… manifiesta lo que no le gusta. Estas sorpresas y frustraciones a través del cuento son sus primeros pasos en el criterio y valores personales de adulto.

 

Esto, con los dibujos animados y la televisión no ocurre. Los finales vienen dados, la pasividad es permanente… El cerebro no crece. El corazón no se alimenta.

 

Quizá, tanto como los libros que compramos para educar bien y entrenarnos como padres o maestros brillantes, son los cuentos que podemos contar a los pequeños parte de la fórmula de la educación bella y necesaria de los niños. Es la experiencia de la teoría de la educación. Y es que contar cuentos puede servir para elaborar a fuego lento:

  • valores
  • ética
  • empatía
  • solución de problemas
  • comunicación
  • creatividad
  • diversión…

 

¿Por qué un niño te pide el mismo cuento una y otra vez?

 

Los niños no entienden de dualidades todavía. Por eso, los arquetipos de los cuentos muestran una cosa o la otra, los personajes que encarnan características claras para ver el abanico completo. Hacen evidente los polos que nos mueven a los humanos y con los que ya de pequeños tenemos que equilibrarnos. Es muy probable que en su propio intento por comprender algo que le está pasando, se relaje y entienda la historia que hay detrás, una y otra vez… y otra más, ¡por favor!

 

Repítele ese cuento tantas veces como necesite. Que le traigamos desde nuestra voz adulta la serenidad necesaria para crecer en ello.

 

Si, además, quieres jugar con ellos a inventar historias pueden servirte estas propuestas de Gianni Rodari [autor del brillante libro “Gramática de la fantasía”]:

 

“Si quieren enseñar a pensar, deben antes enseñar a inventar”

 

  • El binomio fantástico: Di a los niños dos palabras que no tengan ninguna relación para que, entre ambas construyan una historia que las una.

 

  • Palabras que inducen: se parece al anterior, sin embargo, se unen imágenes y más palabras para co-crear la historia

 

  • Jugar al “qué pasaría o qué ocurriría si…” A través de una pregunta peculiar se comienza una fantástica historia: ¿Qué pasaría si una mañana el sol se quedara dormido?…

 

  • Ensalada de cuentos: Mezcla personajes, lugares y aventuras de diferentes cuentos, o introduce a uno de sus personajes conocidos en un cuento diferente y permite que su creatividad juegue…

¿Qué pasaría si hoy le contaras a alguien un cuento?…

Aquí va el mío de hoy. Lo escribió ya hace unos años mi querida amiga Araceli Sánchez, y se convirtió, al escuchárselo, en mi cuento favorito:

 

 

Paloma Mesonero-Romanos

Y gracias papá, por “La bicicleta mágica” tantas noches de mi vida.

 

Diálogo con un Abeto:

Valle es una niña que vive en un pueblecito muy alejado de la ciudad. Le gusta salir a pasear al bosque, coger flores, hablar con los árboles, ver las estrellas desde su habitación y, ¡por supuesto, ir al colegio!

Además de sus amigos los árboles, le encanta jugar con su muñeca Luz. Luz es de trapo, fue el primer regalo de su abuelita cuando nació. La fue creando con los restos de la tela que usaba para confeccionar los vestiditos a la niña.

Ahora tiene ocho años y su mamá le deja ir sola a pasear. Antes siempre lo hacía acompañada por su mamá o abuela.

 

Valle – Mamá, voy a pasear al bosque con Luz.

Mamá – Está bien, pero espera un poquito y te prepararé la merienda en tu cesta de campo.

Valle- Gracias mamá. Vendré pronto. No te preocupes por mí, me portaré bien.

Valle cogió a su muñeca Luz de la mano y la cestita, en la cual su mamá le había preparado una merienda deliciosa: queso, con frambuesas, moras del bosque, y un trocito de chocolate con pan. Antes de marcharse le dio miles de besos a la carita de su mamá. Valle era muy agradecida y cariñosa.

Camino del bosque, se detuvo en los mismos lugares de siempre. Le encantaba mirar los Abetos y Encinas que encontraba en algunos tramos y una Mimosa que vivía en una pequeña pradera.

Después de caminar durante largo tiempo, encontró, ¡por fin! a su amigo preferido: el Árbol Abeto. Valle pensó que tendría mucho frío ya que sus brazos estaban cubiertos de nieve, a pesar de que ya era primavera.

Valle – ¡Buenos días Árbol Abeto! ¿Cómo estás?

Abeto- ¡Hola Valle! ¿Cómo estás tú? Yo estoy bien. La verdad es que deseaba volver a estar contigo, cada vez viene menos gente a pasear al bosque, y cuando viene alguien, son los leñadores, por lo que todos temblamos de miedo.

 

Valle y Árbol Abeto habían estado varios meses sin verse, debido a la cantidad de nieve que había caído en el invierno. Ahora nuevamente se verían todos los días.

 

Valle- Dime Árbol Abeto, ¿no te cansas de estar ahí, en el mismo sitio siempre, sin moverte? ¿Por qué nadie te enseñó a caminar cuando eras pequeño?

Abeto- Valle, los árboles no tenemos necesidad de andar y te diré por qué: Vosotros, los humanos os movéis para comprar los alimentos, la ropa, visitaros unos a otros, ir al colegio…

Nosotros tenemos raíces, a través de ellas, obtenemos todo lo que necesitamos para crecer y también a través de ellas, bebemos. Algunas son tan largas que están en contacto con tierra muy húmeda, de la cual absorbemos el agua y ¡como no!, de nuestro amigo el Sol también nos nutrimos.

Valle- ¿No tienes frío?

Abeto- No, no tengo frío. Aunque veas mis brazos cubiertos de nieve, no tengo frío.

 

En ese momento, el Árbol Abeto, que era un poco travieso, movió uno de los brazos más próximos a Valle y la niña quedó cubierta de nieve. Los dos sonrieron. Valle exclamó: ¡No entiendo cómo no puedes tener frío, está helada la nieve!

 

Valle- Dime Abeto, y ¿cómo hablas con tus amigos? los que no están cerca de ti.

Abeto-. Pensé que lo sabías. Es muy sencillo, todos utilizamos el viento para hacer llegar

nuestras palabras a quienes queremos. Por eso aunque a mi alrededor no hay muchos abetos, no creas que no tengo más amigos, tengo muchísimos, y con todos hablo y de todos recibo noticias a través del viento.

Valle- Si pero… no sabes con quién hablas porque no os veis, solo habláis.

Abeto- Si pequeñita. Cuando llega la noche, y el cielo es iluminado por las estrellas, en cada una de ellas vemos nuestra silueta.

Valle- Entonces, cuando me hablas en primavera del Árbol Mimosa, la que vive en la pradera, de su vestido amarillo que tanto te gusta. ¿La ves en las estrellas?.

Abeto- … Allí fue donde nos conocimos, después, a través del viento escuché su voz y supimos muchas cosas uno del otro.

Valle- Pero… dime Abeto, ¿cómo la abrazas cuando está triste, para consolarla, o cómo te acaricia ella a ti para quitarte el frío?

Abeto- ¡¡AAJJAA!! Crees que no podemos sentirnos ni tocarnos como tú y yo porque estemos lejos.

Dios también pensó en ello. La naturaleza es sabia. Nuestras raíces son lo suficientemente largas como para encontrarse con las de un gran amigo, o en este caso, las de alguien tan hermoso como Árbol Mimosa.

A veces no es fácil unirlas, pues a nuestro paso encontramos rocas subterráneas que no podemos atravesar y hemos de esperar mucho tiempo hasta que, con el crecimiento, sorteamos la piedra.

En otros tramos, hallamos manantiales que también suponen un retraso en nuestra unión, pues estar continuamente en el agua, nos pudriría, nos pondría enfermos. Ahora bien, una vez juntos y nuestras raíces entrelazadas, ya nada nos separa.

Valle- Entonces, ¿siempre estás abrazado al Árbol Mimosa, con tus brazos ocultos?

Abeto- Si, pero es un secreto, y no solamente estoy unido al Árbol Mimosa, también a mis amigas las encinas, a otros abetos y a muchas, muchas plantitas y arbustos pequeños.

Y… aunque parezca un poco triste no lo es, así es que no quiero que te entristezcas. Cuando los leñadores talan nuestros troncos, lo pasamos mal. Lloramos, porque el viento ya no nos susurrará la voz de ese amigo, ni podremos ver su silueta en las estrellas, pero… gracias a nuestros brazos ocultos, podemos seguir sintiéndonos y amándonos.

 

Araceli Sánchez

 

 

 

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