“No podemos vivir dependientes del amor de otro, aunque nos corresponda. La vida sólo tiene sentido cuando somos capaces de experimentarla con total intensidad en nosotros mismos, ajenos a lo que nos rodea, sin abandonarnos en el otro, aunque entregándonos en cuerpo y alma a la experiencia amorosa.” – Joaquina Fernández –

 

Las personas rechazamos lo diferente. Aquello que es distinto, que no podemos explicar y justificar en nuestro esquema mental, nos asusta.

Nuestra mente primitiva, reptil, funciona seleccionando para nosotros aquello que nos permitirá mayor éxito. Lo diferente no es bueno para una mente que necesita ahorrar energía, funcionar a un alto nivel, competir o alcanzar resultados rápidos.

La familia es el primer sistema en el que aprendemos a funcionar con un único pensamiento. La armonía, el bienestar de todos se produce cuando se sigue un modelo que se ha entendido como exitoso. Esto no quiere decir que el modelo sea bueno, sano o correcto.

La adolescencia es la época en la que este pensamiento único y mágico que hay en la familia es cuestionado. Los padres no entienden las pintas de sus hijos, formas de hablar, gustos, compañías… El cambio es enorme. La criatura es un ser indomable que busca romper con el esquema familiar de la única manera que se puede: siendo rebelde.

Esta rebeldía, sana, clave para esta etapa de separación, es desde la que surge con fuerza el “yo no soy tú”. El adolescente nos reta y pone nuestra casa patas arriba para que entendamos que el pensamiento único ya no es útil. Sin embargo, la lucha del adolescente es doble. Rebelarse contra el sistema y a la vez buscar ser aceptado a toda costa. Es una época dura, ¿la recuerdas?

Pero, ¿qué sucede si el adolescente no se rebela?

Conozco innumerables personas que trabajan en labores que no les hace felices, que han estudiado lo que no querían y que viven una vida acorde a lo que sus padres querían. Rebelarse contra lo que los demás desean para ti es tan difícil…

¿Cómo ser filósofo si es mejor ser economista? ¿Cómo ser pintor si es mejor estudiar medicina? Las vocaciones frustradas suelen hablar de un momento en el que no nos pudimos rebelar.

¿De qué manera lo conseguimos hacer luego?

En un momento puede que esa voz silenciada, bajita, con falta de presencia se empiece a manifestar de múltiples maneras, pero pidiendo en el fondo diferenciarse del resto. Esta tarea creo que es la más complicada para aquellos que quisimos complacer a nuestros padres, mantener un orden o ser aceptados por la mayoría.

Es como luchar contra horas, semanas, meses o años de repeticiones continuas que hemos escuchado, vivido, sobre algo. “No se puede”; “no lo hagas”; “no es posible”; “pero tú qué te crees”; “tienes que ser bueno/a”; “ser bueno/a significa hacer esto”; “es imposible”; “estás loco/a…”; “tú no sirves para…”

La educación puede limitarnos a veces de tal manera que no creamos en nuestras capacidades, merecimiento, etc. Es algo que guardamos como doloroso y “ser yo y que además me quieran” parece una ecuación imposible.

Por otra parte, la necesidad vital de sentirnos parte de algo, de un grupo, familia, trabajo, etc., es tan imperiosa que “ser yo” puede estar mal visto.

Nuestra autoestima se ha construido en relación al otro. Pero, ¿y si ya no nos son útiles los mensajes que hemos entendido que eran fundamentales para ser amados?, ¿y si ahora es necesario prescindir de ellos para sobrevivir de otra manera? 

Escuchar esa voz que se manifiesta a veces es vital para darle más presencia. Lo siguiente es cuestionar quién soy yo dependiente a otros. En una época o no tuvimos otra opción o nos fue necesario para sobrevivir. Pero, ¿y ahora?, ¿qué gano complaciendo a los demás?, ¿qué intención positiva guarda mantenerme a la sombra?

Normalmente la comodidad o la seguridad nos mantiene estables aunque algo infelices.

Yo no soy tú nos hace fuertes porque nos invita a pensar más allá del otro, nos lleva a buscar respuestas tal vez incómodas pero con verdadero sentido para uno mismo. 

En el fondo no hay nadie como tú 🙂 

 

Noelia Estévez

Psicóloga

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