Un padre vale por cien maestros

George Herbert

Los hijos solemos culpar a los padres de las carencias con las que nos encontramos cuando somos adultos, principalmente cuando somos también padres. Es comprensible si cuando nos enfrentamos a la tarea de educar nos damos cuenta que lo que creemos que es mejor para un hijo no es precisamente lo que uno ha recibido…

También esta sensación surge cuando en un proceso de terapia y ante la pregunta “¿en qué momento has sentido algo parecido?” conectas el problema actual con frustraciones infantiles.

“Mi padre nunca estaba en casa, se pasaba el día trabajando” “No recuerdo que me abrazarán” “Tenía que portarme muy bien siempre, en mi casa lo contrario significaba bronca”.

Y ese llamado niño interior sale. Es como si hubiera estado encerrado años en un baúl esperando que alguien le dejara salir, lo recibiera con un tierno y prolongado abrazo.

Yo no sé si la palabra es niño interior, pero lo cierto es que algunas personas llevan en su interior heridas infantiles que buscan ser aliviadas y su yo adulto aún no sabe cómo hacerlo.

Veo en ese adulto al niño cuando relata haberse sentido terriblemente solo en la infancia, o la niña cuyo anhelo era ser vista y por eso era muy obediente, o un niño que nunca fue atendido cuando lloraba por las noches…

Estos traumas parecían ocultos a sus ojos, nunca le dieron importancia a lo que les sucedió de pequeños hasta que llega esa pregunta…

La mujer adulta con dificultades en las relaciones de pareja conecta con la niña que no fue mirada y surge el anhelo de los brazos de su madre ya fallecida, unas palabras sobre su talento y belleza…

Ahí están las necesidades infantiles de ser vista, reconocida, consolada, amada, escuchada. Haber sentido un amor incondicional, la sensación de seguridad y pertenencia en el mundo.

Ese anhelo es una esperanza que se mantiene en el adulto, en su presente, y por eso creo que las heridas permanecen abiertas.

Se rechaza internamente la idea de no haber sido amado. Se busca aún una realidad distinta en unos padres que realmente en su momento no supieron hacer más que lo que hicieron.

Mucha parte de nuestra vida nos la pasamos intentando no hacer caso ni al anhelo ni a la realidad. Al niño le ponemos un par tiritas y le enterramos en ese baúl como una parte de nuestra historia rechazada.

El dolor aparece de nuevo cuando somos padres, o cuando tenemos una pareja que nos muestra rechazo, o cuando tenemos un amigo que nos sabotea… Sin darnos cuenta las heridas empiezan a escocer de nuevo.

Cuando en terapia se hace un repaso a la biografía las personas conectan su presente con sucesos de su historia. Ahondar en esto puede llevar a culpar a los padres. Es un proceso natural.

La culpa en el fondo busca que algo sea reparado. Sin embargo toda herida tiene un origen anterior. Si nos remontamos a la vida de nuestros padres, veremos que sus carencias emocionales con sus respectivos padres son aún más grandes.

Y es que nadie causa dolor a otro si no ha sido antes herido.

Llegado a este punto ¿dónde está la causa? ¿Quién es el culpable?

Puede que hasta esto nos de igual. Queremos señalar con el dedo al causante, y en ello reparar nuestra historia. Al fin y al cabo ¡qué culpa tengo yo de cómo fuera criado mi padre o mi madre!

Ya…Es doloroso y enfada.

Sin embargo, lo que se aprende con el tiempo es que aunque uno está muy determinado por su pasado es responsable de su presente, y que la manera de parar el dolor es entenderlo, aceptarlo, integrarlo como enseñanza en la vida.

Además la relación de adulto con nuestros padres cambia mucho. Hay más comprensión, entendimiento. Los errores del pasado no tienen por qué impedir tener una buena relación en el presente con los padres. 

Podemos distinguir y como adultos reparar al niño o niña que fuimos.

Siempre pienso que las grandes lecciones las dan quiénes piden ayuda, quiénes buscan trascender ese dolor y hacerse cargo de todo aquello que trae la vida.

Al fin y al cabo, todo tiene un sentido.

Noelia Estévez

Terapeuta familiar

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