“Quien mira fuera, sueña. Quien mira dentro, despierta”, Carl Gustav Jung

 

La autoestima viene a decirnos cuál es la relación que tenemos con nosotros mismos. Si bien las personas podemos mostrar a través de signos externos el estado de salud de esta relación, por ejemplo lo que mostramos en nuestra comunicación cuando hablamos de nosotros,  lo cierto es que la autoestima es una relación íntima y privada que se produce en nuestro mundo interior y que sólo nosotros conocemos.

Esta convivencia íntima se fundamenta en la capacidad que tenemos para conectar o no con lo que somos realmente y ponerlo en valor. Nada raro por otro lado ya que al igual que cualquier otra relación, necesita tanto de la conexión emocional para que sea posible, como de la valoración personal para que sea constructiva y rica.

La relación con nosotros nos exige una mirada interior y un trabajo personal del que muchas veces no somos conscientes. Vivimos volcados en un mundo de exigencias externas que nos van distanciando primero y desconectando después de lo que somos, de lo que queremos, de lo que tiene sentido para nosotros.

Y, sin embargo, nadie puede substraerse a esta relación. El divorcio en este caso es imposible. La relación se mantiene a lo largo de toda nuestra vida y de nosotros depende que esta experiencia sea apreciativa, lo que nos permitirá el desarrollo en todos los ámbitos de la vida. O esté nutrida de desprecio y vivamos en los peores escenarios posibles, la insatisfacción y la pérdida de sentido.

Reconectar con uno mismo es la vía para empezar a restituir una autoestima olvidada o dañada por otra fuerte y de presente continuo que nos acompañe y nos permita progresar y desarrollarnos.

¿Cómo podemos reconectar y activar nuestra autoestima?

En primer lugar, necesitamos realizar un trabajo de conectar con nuestras capacidades, ¿podemos apreciarnos si no reconocemos, en primer lugar, qué capacidades nos acompañan? Saber de lo que somos capaces y vivir esta experiencia cada día es un elemento esencial para vivir conectados con nosotros mismos. Este primer reclamo de una autoestima fuerte nos sitúa en un presente continuo donde ni el pasado ni el futuro intervienen o condicionan el ejercicio de lo que somos.

Una vez que tengamos activas nuestras cualidades y empecemos a vivir los resultados de las mismas, será preciso mantenernos en ellas. De lo contrario viviremos en un estado alterno donde un día tenemos autoestima y a continuación la perdemos provocando una gran inestabilidad emocional. La autoestima requiere mantener unas constantes mínimas para no vacilar en cada paso que damos y, para ello, es preciso conocer nuestros límites. Necesitamos conocer no sólo nuestras fortalezas sino también qué debilidades nos acompañan, qué es aquello que nos hace perdernos y/o desconectarnos de lo que somos. Sólo de esta manera seremos capaces de acudir y restablecer los parámetros internos necesarios que nos permitan reequilibrarnos ante cualquier situación interna o externa que se presente.

Por otro lado, una autoestima irreductible necesita tolerancia frente a la incertidumbre o el error. Por alguna razón, cuando hablamos de aprendizaje lo que hacemos inmediatamente es una asociación con lo que sabemos o con lo que no sabemos. Básicamente, si estamos en posesión del conocimiento o no. Sin embargo, la autoestima necesita de una disposición interior que le lleve a vivir con tolerancia las incertidumbres y los errores personales. Aprender es estar abierto a lo desconocido, admitir los límites de uno sí, pero también atreverse a explorar entornos diferentes, nuevos mundos que nos permitan avanzar. Nuestra autoestima nos pide que conectemos con lo que necesitamos aprender en las distintas áreas de nuestra vida superando el miedo al fracaso o al error. De lo contrario, sentiremos que vivimos atrapados, atascados en situaciones de las que no sabemos salir.

Por último, nuestra autoestima necesitará de nosotros una vivencia de coherencia interior entre lo que somos y lo que vivimos (la relación directa con nuestros resultados), una coherencia entre nuestras capacidades y nuestros propósitos, es decir, lo que soy: ¿al servicio de qué lo pongo? y una coherencia entre nuestras motivaciones y nuestras decisiones: ¿cuál es mi entrega?

En definitiva, esta relación íntima y silente con nosotros mismos nos exhorta a vivir de acuerdo con lo que somos y lo que podemos alcanzar hoy, con nuestra capacidad para manejar nuestro mundo interior desde la valoración de lo que somos, a salir de nuestra necesidad de tener razón para vivir las experiencias de aprendizaje que necesitamos y a vivir una vida con sentido.

 

Sandra Huertas 

Experta en inteligencia emocional y coach

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