“Se vive con dignidad cuando se vive con autenticidad. Ser fiel a la secreta esencia”.
José Luis Sampedro

Si queremos ver lo que es la autenticidad en estado puro necesitamos mirar a los niños. Hasta los 4 años son la expresión verdadera del Ser que son. Su comportamiento es libre, muestran sin tapujos sus emociones y piden lo que quieren con total naturalidad.  Se mueven, tocan, expresan, demandan, se acercan o se alejan de forma natural y honesta. También de forma espontánea. Un niño se esconderá si no quiere darte un beso y te mirará moviendo su cabeza de lado a lado reforzando que no quiere y punto. En ellos observamos que lo que dice su cuerpo, lo que expresan a través de sus emociones y lo que van diciendo es coherente de forma que emiten un único mensaje. Todo en ellos nos muestra integridad porque sencillamente “Son”.

La autenticidad es eso. Ser lo que uno Es. 

Sin embargo, esta afirmación bastante obvia nos lleva a plantearnos una pregunta en nuestro mundo adulto, ¿y quién soy? A lo largo de nuestra vida, lo que “soy” ha ido quedando relegado, escondido y atrapado en subcapas de personalidad cuyo fin es cubrir necesidades básicas como por ejemplo que nos reconozcan, nuestro trabajo, nuestros logros, nuestra inteligencia, etc. También que nos valoren, en este caso aquellas cualidades “buenas” que nos esforzamos en mostrar, mientras que aquellas que nos parecen horribles las tratamos de ocultar.  En aras de este reconocimiento o aceptación vamos forjando un personaje que nos aleja paulatinamente de nuestro yo auténtico.  Junto a lo anterior,  sucede también que el juicio y la valoración que hacemos sobre las cualidades que nos acompañan, nos lleva a pensar que es mejor no mostrarlas porque son terribles y hacen daño.

En cambio, somos un ser en expresión y no lo podemos evitar. Exteriorizamos, nos guste o no, tanto lo que consideramos aceptable como aquello que tildamos de malo, inconveniente, incluso nefasto.  Un ejemplo de esto son los micro gestos. A través de ellos expresamos en décimas de segundo a través del rostro, nuestra verdadinterna. Un saludo cordial, e incluso simpático puede esconder asco, o lo que es lo mismo, desprecio. También podemos observar en un comportamiento impositivo unos ojos que delatan miedo. Uno de los ejemplos más significativos donde podemos mostrar la autenticidad, o no,  es en la denominada “Sonrisa Duchenne.  Su nombre viene del investigador francés Guillaume Duchenne que descubrió que la expresión de una sonrisa genuina está conectada al impulso de los ganglios basales en respuesta a la activación del cerebro límbico o emocional. Es en esta sonrisa donde vemos cómo se eleva la comisura de los labios, las mejillas y el músculo orbicular generando una arruguillas alrededor de los ojos. Es decir, se produce una contracción de los músculos del rostro desde los labios hasta los ojos. Sin embargo, cuando la sonrisa es forzada, fingida o formal, genera una respuesta muscular que no es capaz de elevar nuestro ojos.

Lo que Duchenne nos enseñó fue que la autenticidad es una respuesta espontánea y genuina que nace de nuestro interior y no de nuestra voluntad motora.

Para los más indecisos, e incluso para los más reticentes en mostrar con naturalidad el comportamiento, las emociones o las ideas que nos acompañan, señalar que no se trata de ocultar o negar, sino de reconocer, aceptar y saber poner límites a lo que es consustancial a nosotros.  De otra manera, acabaremos encorsetados en normas sociales, requerimientos o juicios de valor propios y ajenos,  que nos impedirán mostrar al mundo el ser maravilloso que llevamos dentro.

 

Equipo CNV Instituto Hune

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