El mayor sentido de nuestro cuerpo es el sentido del tacto. Es probablemente el principal sentido en los procesos de dormir y despertar; nos proporciona el conocimiento de la profundidad o el grosor y la forma; sentimos, amamos y odiamos, se nos ofende y se nos conmueve mediante los corpúsculos del tacto de nuestra piel. J. LIONEL TAYLER

 

El idioma del amor es el tacto. Las caricias, la proximidad con el otro, descarga oxitocina. El sentido del tacto, el primero que se desarrolla, nos vincula con las personas gracias a la piel.

Aprendemos a manejarnos en lo físico cuando somos pequeños a través del límite de nuestra piel con otros mundos. La piel de la madre o del padre es desde el que construimos nuestro hogar emocional; guardamos en la memoria de la piel el afecto recibido.

Desde los primeros estudios psicológicos en este campo, se ha mantenido la teoría del apego del psicólogo británico Bowlby que afirma que el vínculo que surge con el cuidador primario es imprescindible para la supervivencia y el bienestar del niño. La proximidad física ayuda al bebé a establecer el vínculo necesario para su supervivencia. Si el contacto con la madre o el padre no se produce y el bebé experimenta soledad, la huella que permanecerá de manera imborrable será un herida primaria de abandono.

El psicólogo estadounidense Harry Harlow, en los años 60, quiso probar la teoría del apego con un experimento realizado a crías de macaco. Para ello, separó a algunas crías de sus madres y observó de qué manera se expresaba la teoría de Bowlby.

Harlow introdujo a las crías dentro de unas jaulas que compartían con unas estructuras de alambre que simulaban a la madre. Una de estas estructuras contenía un biberón, y la otra estaba recubierta por un tela de felpa suave sin biberón. El resultado del experimento fue una predilección por la estructura de alambre con felpa, frente a la del biberón, a la que las crías se abrazaban como lo harían con sus madres. Lo importante no era el alimento, y sí el calor del contacto físico.

Existe evidencia abundante sobre cómo evolucionan, por ejemplo, los bebés prematuros que son tocados por sus madres, los prematuros gemelos que se les permite estar en la misma incubadora, y el efecto del tacto en la evolución de los recién nacidos. Los resultados sobre el bienestar de los bebés son impresionantes.

Esto se debe a que el vínculo que surge a través de la piel, genera conexiones neuronales que regulan de manera innata nuestro sistema biológico. La supervivencia de un ser humano depende de la accesibilidad de su cuidador y de la atención completa -física, emocional y social- que se proporcione.

La piel, que es el límite con lo externo, nos permite desarrollar la relación de apego de la que surge la identidad del yo y a la vez la relación con el otro. El aprendizaje socio-emocional comienza a través del tacto, en esa comunicación piel con piel con la madre y resto de figuras familiares.

De esta manera, en la relación con los demás comunicamos el afecto sin palabras. Expresamos el afecto que tenemos con otras personas según la distancia física y las caricias, que damos y permitimos recibir. 

Pero, ¿qué sucede si no toleramos el contacto, la caricia, si nos cuesta acercarnos físicamente al otro?

Como escribía al principio, el contacto físico con la madre, normalmente, es el primer contacto con el mundo y es desde donde nuestra dimensión personal y la del mundo del otro conectan. El contacto corporal genera seguridad, calor, bienestar. Su ausencia, ya sea por cómo se entienda el contacto físico a nivel cultural, social o familiar, genera un conflicto en la relación afectiva con el otro. Pero el exceso también puede mermar nuestra capacidad de entender y expresar el afecto.

Por ejemplo, si de niño/a estuviste excesivamente expuesto/a al afecto de la figura materna tal vez sientas un bloqueo en lo afectivo. Quién sabe si detrás de este afecto había una manipulación. Por otra parte, ¿hemos podido explorar el mundo con las manos? ¿Nos hemos sentido independientes al hacerlo? ¿Aprendimos en la infancia a identificar claramente cuáles eran los límites entre el mundo propio y el de los demás? ¿Aceptamos los límites?

La háptica, ciencia del tacto, nos lleva a estas reflexiones que van más allá del análisis sobre el estudio del beso, saludo o abrazo en la comunicación no verbal.

El tacto habla de nuestra relación con el otro, de lo afectivo, de los límites. El tacto es la manera en la que cuidamos los mundos con los que nos comunicamos.

Noelia Estévez

Psicóloga

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