“El mundo rompe a todo el mundo, y después, algunos son fuertes en los lugares rotos”. Ernest Hemingway

 

Siempre herimos a los que más queremos.

Amar y hacer daño forman un uno, en el que la relación que tenemos con el otro se mantiene mientras exista el apego.

Las heridas de apego nos hacen sentir que la confianza se ha roto, nos sentimos traicionados cuando más necesitábamos apoyo.

Esperamos que surja esa palabra no dicha, que nos pidan perdón para reparar el daño. Mientras, dentro, la ira, el resentimiento, el dolor y la sensación de injusticia, se adueña de nuestra alma.

No perdonar nos hace sentir prisioneros, sin embargo el perdón nos hace pensar que hemos perdido la batalla.

¿Qué significa perdonar? ¿Todo se puede perdonar? ¿Hay algo imperdonable? ¿Qué se consigue perdonando?

Todo, absolutamente todo, es perdonable; aunque los hechos en sí sean imperdonables. El perdón significa reparar un dolor que nos pertenece, que es solo nuestro. La reconciliación con aquello que nos hizo sufrir no tiene por qué producirse, pero sí debemos trascender el dolor para continuar nuestra vida.

En este sentido, debemos separar los hechos de los sentimientos que son solo nuestros.

¿Qué nos lleva a no perdonar?

No queremos perdonar porque pensamos que si lo hacemos el otro tendrá razón. Pensamos que si perdonamos el dolor que sentimos será en vano. No perdonamos porque queremos que se haga justicia.

Nos hacemos firmes en el no perdón para proteger nuestra vulnerabilidad, y mostrar que el otro está equivocado. Buscamos aliados para que no se perdone, ya sean familiares, amigos o en la propia justicia para mantenernos fuertes en la necesidad de reparación que debe provenir del causante del daño.

Sin embargo, pocas veces las palabras que son tan anheladas escuchar (“perdóname”) o se producen o alivian la decepción. Cuando no hay confianza, cuando el daño es elevado, las palabras caen en saco roto.

El daño se produjo cuando más necesitábamos sentir el apoyo del otro, cuando había fragilidad, trauma, incertidumbre, inseguridad…

La pérdida de la confianza, del apoyo, del afecto es lo que nos resulta intolerable. Haber tenido expectativas que no se han satisfecho, haber necesitado algo que no se ha producido.

Entonces, ¿por qué pedir perdón?

Ser capaz de pedir disculpas, con desapego del resultado, es un proceso que nos permite ver con mayor grandeza al otro. Ser compasivo/a, empático/a, generar conexiones significativas con las personas nos hace sentir plenitud. El fin del ser humano es este. Estamos aquí para entendernos los unos con los otros.

¿Cómo perdonar?

Perdonar es un ejercicio personal que no requiere al otro. Perdonar nos libera, repara el dolor, nos permite continuar.

El no perdón nos sirvió en un primer momento para buscar justicia ante la vulnerabilidad. Perdonar nos ayuda a hacer un duelo sobre nuestro propio dolor. Trascenderlo nos hace libres.

El perdón requiere una comprensión profunda de que las personas nos equivocamos, de que somos diferentes, de que no siempre estamos a la altura de las circunstancias, y también de que aunque nos equivocamos podemos aprender.

Perdonar nos permite avanzar, ser fieles a nuestro camino, autoliderar la vida. Para ello, pregúntate qué es lo que necesitas ahora para perdonar y qué conseguirías si lo hicieras.

 

Noelia Estévez

Psicóloga

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