¿Por qué un adolescente se niega a comer? ¿Por qué otras veces come desesperadamente y luego lo vomita todo como en un intento de expulsar aquello que es insoportable “tragar”?

La relación entre el alimento y las emociones

Desde que el primer minuto de vida, la alimentación forma parte de la estructura más profunda de lo que somos. El alimento une lo físico, las emociones, las motivaciones y el pensamiento. El alimento nos da la vida y nos construye emocionalmente por el vínculo que existe entre la comida y las relaciones familiares. 

Una mala relación con la comida muestra un conflicto, algo que no somos capaces de expresar de otra forma.  Nos alimentamos para cubrir una necesidad biológica, pero lo cierto es que la comida también es un vehículo a través del que se evocan nuestros deseos vitales. 

En la adolescencia surgen, normalmente, los primeros problemas con la comida. Según un estudio de la Cruz Roja sobre anorexia y bulimia, 1 de cada 100 adolescentes sufren anorexia nerviosa y 4 de cada 100 bulimia. Los trastornos de alimentación están en alza coincidiendo con un momento en el que la familia, la educación, las redes sociales, etc. están en el punto de mira.

Los síntomas relacionados con la comida

Los síntomas relacionados con la comida esconden tras de sí dificultades propias del ciclo vital y familiares que son imposibles de expresar de otra manera.

Nuestro cuerpo habla antes de que seamos capaces de traducir con palabras lo que nos quiere decir. En la adolescencia, los cambios en el cuerpo hablan de la transición del niño a adulto. Esta época se vive con tensión en algunas familias y esto a veces puede derivar en que el adolescente manifieste el conflicto a través de la comida.

El caso de una joven que no quiere comer

María tiene 17 años, a punto de cumplir los 18. Es guapa, disciplinada, inteligente y tiene muy claro lo que quiere para sí en un futuro. Dice que le gustaría estudiar Administración & Dirección de Empresas y vivir sola en un apartamento en el centro de la ciudad.

Sus padres la adoran, es una “niña buena”, pero sufren la inevitable separación. María dice que sus padres son los mejores del mundo, tanto que disfruta pasando los fines de semana en casa con ellos.

María se rebela pocas veces contra sus padres, quiere ser perfecta en todo, cumplir con sus expectativas. Esther sin embargo, su hermana pequeña de 12 años, dice que no puede con tanto orden y normas en casa.

María parece la adolescente ideal. ¿Qué padre no querría una hija dócil, estudiosa, poco conflictiva y cariñosa?

La realidad, sin embargo, es que la falta de rebelión de María  -especialmente en la etapa actual como adolescente- la ha atrapado y parado en el tiempo desde hace dos años a través de un grave trastorno alimenticio.

Ella que quiere ser “buena” no sabe expresar el enfado. No es capaz de pedir a sus padres cosas que les pueda molestar. Ha decidido que es mejor estar con ellos en casa para que no sufran la pérdida de “su niña”. 

La enfermedad de María expresa algo que ella es incapaz de decir de otra manera: tiene miedo a crecer, a enfrentarse a sus padres, a valerse por sí misma, a dejar de ser perfecta y sobre todo a que sus padres se separen si ella no está.

La otra cara de la moneda es la de unos padres con dificultades para tratar el conflicto, manejar los límites y ayudar a que sus hijas les vean como personas reales, no idealizados.

Las necesidades en cada etapa vital

El caso de María nos sirve para relacionar los problemas en alimentación en la infancia con las necesidades que tiene todo joven:

  • El adolescente sano es aquel que se rebela, lucha por su espacio, su intimidad, estar con sus amigos, etc. El adolescente busca diferenciarse de sus padres y recorrer su camino hacia la madurez. 
  • Los padres debemos enseñar a los hijos a separarse gradualmente, en cada etapa evolutiva. La dependencia de los hijos hacia los padres (y a la inversa) les impide aprender a gestionar los conflictos.
  • Los límites ayudan a los adolescentes a construirse a sí mismos. La falta de límites les pierde y manifiestan su desorden en la comida y adicciones, principalmente. Es imprescindible que los padres aprendan a poner límites a sus hijos desde la más tierna infancia.

 

Os invitamos a que disfrutéis de cada comida con vuestros hijos como un momento de encuentro en el que podéis alimentar su cuerpo y además su corazón con proteínas e hidratos de afecto y comprensión.

Noelia Estévez

Psicoterapeuta familiar

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