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La Feria del Libro de Madrid por Jon Elejabeitia


Pertenezco a la generación que utilizamos objetos para una sola cosa: la agenda Moleskine, el reloj de pulsera, la calculadora… En contraposición a la generación “navaja suiza” para los que cada objeto tiene que servir al menos para tres: teléfono móvil, iPad… Uno de estos objetos de un solo uso (pero ¡vaya uso!) es el libro. He nacido con una actitud casi reverencial hacia lo escrito, me parece un ultrajo doblar las esquinas de las páginas, y hasta hace bien poco no podía subrayar o escribir anotaciones en los márgenes (ahora lo hago solo a lápiz). Y lo que me resulta casi imposible es tirarlos. Uno se deshace de un sofá viejo o un flexo que ya no utiliza, sin problemas. Ahora bien, lo de dejar en la calle una caja con libros que sabes que no vas a volver a leer, que incluso son malos o están algo deteriorados me resulta del todo imposible.

Nuestra forma de pensar de reflexionar y ver el mundo ha sido, de alguna manera, moldeada por los libros que hemos leído. Me gusta curiosear discretamente los estantes con libros cuando me invitan a casa de alguna persona. Esos libros hablan de cómo es la persona, qué inquietudes ha tenido a lo largo de su vida, por qué senderos ha guiado su pensamiento en las distintas etapas de su existencia; y luego, ver por alguna mesa el libro que está leyendo ahora, que de alguna manera es el resultado del camino recorrido.
Hago lo mismo en mi propia casa. Me siento ante la librería y dejo que mi mirada vague por los lomos de los libros. No estoy buscando cuál empezar a leer, simplemente recuerdo las etapas por las que he pasado: Los aventureros 13 años con Salgari, los místicos 16 con Hesse, los revolucionarios 18 años con Bakunin, los universitarios con Brice Echenique o los densos 30 alternando entre García Márquez y Joyce. Es el camino recorrido por mi pensamiento que ensanchó mi mundo y alimentó mi espíritu.
Parece que hoy el mundo visual va sustituyendo al mundo del texto. La máxima “una imagen vale más que mil palabras”, va a depender siempre de qué mil palabras estemos leyendo. Hay muchas miles de palabras esperándonos en la Feria del Libro de Madrid que se termina mañana. Aprovechemos este fin de semana para homenajear a los contadores de historias que han coloreado gran parte de nuestra vida. No podría recomendaros que comprarais ninguno, dejar que vuestra vista aletee por las casetas y será el libro que necesitéis en este momento el que os comprará a vosotros. Permitidme un consejo a los padres: el gusto por la lectura no se enseña, se contagia.

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