“A veces las cosas empeoran antes de mejorar.” Me lo dijo un amigo mío médico hace años. Está bien. Lo confieso. Me lo dijo mi ex. No recuerdo a qué se refería al utilizar esta imagen de su experiencia en el campo de la medicina, pero esta frase no ha dejado de rondarme la cabeza desde la catástrofe en que sentí que se había convertido mi vida profesional después de ayer por la tarde.
Llevaba tiempo preparando la presentación. Me sabía todos los datos de memoria, había cruzado referencias de varios departamentos, había hecho un estudio muy minucioso sobre el público al que deberíamos llegar desde nuestro departamento a través de estas redes sociales tan curiosas en las que muchos profesionales tenemos que elegir trabajar, lo deseemos o no. Estaba muy preparada. Es una cuestión de cultura, la manera de trabajar. A mí me criaron en la noción de que todo, absolutamente todo, se debe al trabajo duro, a la preparación, a las largas horas de sacrificio para tener cada detalle controlado.
Pero este método, por sí solo, no funciona para una presentación. En una presentación delante de público, como tan bien me decía Joaquina Fernández, mi anfitriona en estos mundos virtuales en los que nos movemos ahora mismo tú, lector, y yo, escritora; en una presentación, lo que prima es la autenticidad. Es más importante incluso que el mensaje. Yo ayer el mensaje lo tenía claro, bien estudiado desde todos los ángulos posibles. Pero la transmisora del mensaje, yo misma, no estaba del todo presente delante de mis compañeros de trabajo. De hecho creo que yo me escondía detrás del mensaje. Y eso no vale. No jugamos al escondite en el mundo de la comunicación.
Así que la valentía aprendida durante los últimos días antes de ayer, a base de retarme a mí misma a hacer cosas nuevas, diferentes y que me diesen miedo, no fue suficiente para sostenerme ayer, cuando sentí que la oficina entera, no, mejor dicho el edificio de oficinas entero, se derrumbaba a mi alrededor y de entre la demolición en la que me encontraba yo sólo salía un hilo de voz que casi no llegaba a la gente.
El comienzo ni siquiera fue tan terrible. Es curioso cómo funcionan nuestras cabezas. Yo comencé a hablar, con el control del proyector en la mano, sintiéndome un poco como si mi propio corazón me latiese en la palma. Al principio la voz no me temblaba, sentía más confianza, era más yo. Pero cometí el error de mirar a Carolina, la jefa de mi departamento. Bueno, más bien mis ojos barrieron rápidamente su imagen, seria, pensativa. Y ahí entró en juego lo que el novio de una antigua amiga solía llamar “la vecina del cuarto”, esas voces que es difícil acallar, que no hacen más que repetirnos sin parar que estamos haciendo algo mal hasta que realmente comenzamos a hacerlo pésimamente.
El miedo que comencé a sentir entonces me impedía mirar a las personas que tenía delante a los ojos, me aterrorizaba volver a encontrarme con una mirada de preocupación, de duda o incluso de aburrimiento. Así que me olvidé de lo más importante, de ellos, de mi público, comencé a hablar por encima de sus cabezas, sintiendo un frío entre mi piel y mi ropa que me congelaba la voz, haciéndola casi imposible de oír para ninguno de los presentes.
Le he fallado. Me repetí esta frase a mí misma tantas veces ayer, durante toda la tarde y toda la noche, como una canción que escuchas a primera hora de la mañana y ya no te abandona a nivel inconsciente durante el resto del día. Le he fallado. Ella había puesto su confianza en mí y yo le había fallado. Había sido Carolina la que durante varias semanas había insistido en que fuese yo la encargada de esta presentación.
Este paso atrás, como yo lo veía ayer por la tarde, me sumió en un humor muy oscuro. Me estuve debatiendo durante mucho tiempo entre abandonar directamente mi trabajo y buscar otro o pedir un paso a un rol profesional que tuviese menos que ver con la comunicación. Pero yo trabajo en un departamento de comunicación. No se me escapa la ironía.