Me encantan los dichos ingleses. Este me lo escribe una amiga en algún momento del angustiante fin de semana, a través de estas redes sociales de las que voy aprendiendo sus múltiples usos. Me gusta mucho más charlar por escrito que por teléfono, supongo que es mi vieja pasión por escribir.
Cuando llueve, diluvia. “When it rains, it pours.” O como diríamos nosotros en este país, “Las desgracias nunca vienen solas.”
Es curioso realmente que me haya convertido en el tipo de persona que considera una posibilidad de promoción una desgracia. Porque eso es lo único que ha ocurrido. Carolina quería ser madre hace tiempo, yo lo sabía. Pero nunca pensé que esa situación me afectaría a mí en mi vida. Pero así ha sido. Ella va a ser madre y según me confesó el viernes encima de una taza de té exquisito, le gustaría que yo le sustituyera provisionalmente a la cabeza del departamento.
Es curioso que la embarazada fuese ella porque durante esa conversación mi reacción física fue correr al baño, no lograba que la noticia se asentase en mi estómago y el miedo me hacía querer salir corriendo.
Llevo muchos días hablando de la zona de confort, de cómo salir de ella, pero no pensé que alguien me empujaría fuera de ella con esta brutalidad. Dicen que en el alrededor inmediato de la zona de confort se encuentra una pequeña pero influyente zona de pánico y que debemos elegir como saltamos esta para llegar al lugar del otro lado, donde se dan el crecimiento y el aprendizaje. Yo francamente, quisiera quedarme donde estoy.
Entiendo que donde estoy no son posibles ni el cambio ni la mejora. Pero aquí me quiero quedar. Y de hecho me quedo casi todo el fin de semana arropada en el sofá pidiéndole cariño a mi gato.