La aceptación de quiénes somos en los niños permite desarrollar su yo interior y permitirá convertirse en un adulto seguro de sí mismo.

El amor incondicional de nuestros padres y a la vez el éxito en la separación con ellos en cada etapa evolutiva, marca  la creencia que tenemos en nuestra valía y el llamado “amor propio”.

La autoestima depende de la aceptación de quiénes somos

La aceptación de quiénes somos se desarrolla en nuestro interior como si fuera una semilla que si es regada de amor, cuidada con paciencia y tiempo, y se respetan las condiciones -o límites- que requiere para crecer, se convertirá en una hermosa planta.  

En la medida que nos hemos sentido acogidos y a la vez hemos entendido que el amor no está reñido con las normas,  podremos conseguir la necesaria independencia emocional que nos acompañará toda la vida.

La aceptación, como segundo pilar de la autoestima, es el mundo interno de las emociones y de los límites. 

 

Maduración del cerebro emocional

A partir de los 12 años, el desarrollo emocional es el nivel de maduración más importante en el niño. 

En esta etapa el niño debe adquirir seguridad en sí mismo.  Su capacidad para entender las emociones propias y ajenas, relacionarse con personas diferentes y respetar le ayudarán a este fin.

Durante el período comprendido de 12 a 24 años, el niño y futuro adulto, necesita aprender a adaptarse a los cambios. La adaptación es una cualidad imprescindible para la supervivencia que requiere vivir el cambio como algo sano y necesario. Sin esta capacidad, el niño de 12 años se sentirá inseguro cuando tenga que abandonar la escuela y empezar otra etapa distinta, con otros amigos y profesores distintos en secundaria. Si esto sucede, las dificultades para adaptarse le llevarán a buscar refugio en sí mismo y el niño que conocíamos comunicativo y cariñoso desaparecerá.

El cerebro emocional requiere:

La necesidad de sentirnos aceptados

A veces vamos por la vida a medias, con dudas, miedos, angustia. Cuando en nuestros cursos de comunicación las personas se exponen a hablar en público, detectamos que más allá del miedo a comunicar hay un miedo profundo a no ser aceptados.

Ese miedo que se manifiesta cuando queremos gustar  o no ser rechazados, tiene su origen en la validación que hemos recibido en nuestra infancia sobre:

  • Nuestra capacidad para hacer (desde la realización de tareas cotidianas o practicar un deporte) y la construcción de unos límites claros.
  • Nuestras emociones. Puede que en nuestra casa se rechazarán estados de ánimo como el enfado, la tristeza o incluso la alegría. 
  • Nuestra capacidad intelectual y/o identidad personal. Puede que nos hayan impedido expresar opiniones distintas, o no hayamos tenido presencia cuando queríamos comunicarnos.

Puede que en vez de sentirnos rechazarnos hayamos vivido un exceso de validación y con ello  expectativas muy altas que nuestros padres  han depositados en nosotros.

A veces habernos sentido incomprendidos, nos hace ser muy críticos con nosotros y con los demás. El enfado por sentirnos incompletos lo trasladamos a su vez en nuestra casa, trabajo, etc., encontrando así cierta justicia que equilibra la balanza.

 

Construir el segundo pilar de la autoestima

El trabajo en el segundo pilar de la autoestima tiene como resultado sentirse seguro de sí mismo y saber que es uno el que dirige su vida. Para ello, es necesario una conciencia educativa, familiar, en la que se acepten las diferencias individuales y a la vez se fortalezcan las relaciones. 

Hay 5 aspectos básicos  que todo educador debe incorporar para ayudar a construir la autoestima de un menor:

  1. Estar próximo para ayudar al niño pero fomentar su autonomía
  2. Establecer límites claro y saber adaptarse a los cambios del niño.  Si el niño percibe la falta de autoridad de los padres, su falta de consistencia o coherencia, vivirá con tensión cualquier límite que se le imponga. En cada etapa evolutiva, las normas se deben revisar y volver a llegar a acuerdos. 
  3. Acompañar en el desarrollo del potencial de la identidad del niño. Tener una visión completa sobre lo que requiere nuestro hijo o alumno para desarrollar sus capacidad y ser una persona adulta plena. Para ello es importante observar nuestra manera de relacionarnos y validar la identidad del niño trabajando sus fortalezas.
  4. Aprender a regular la ansiedad. La autoestima baja cuando las emociones negativas entran. Cuando esto sucede, las personas tendemos a aislarnos o a estar más encima de los demás. Los educadores deben aprender y saber enseñar cómo gestionar el conflicto para que el niño sea capaz de incorporar recursos dentro de sí que le ayude a regular sus emociones.
  5. Abandonar para siempre la crítica. Aceptar las diferencias. La crítica los niños la entienden como un ataque a su identidad. Tendemos a educar estableciendo un único criterio válido (el nuestro) y no solemos aceptar las diferencias. Es importante que los niños se sientan libres de crítica para que no trasladen una mirada limitada hacia sí mismos y el entorno.

“A medida que empecé a quererme, dejé de ansiar tener una vida diferente, y pude ver que todo lo que me rodeaba me estaba invitando a crecer”. – Charles Chaplin

Noelia Estévez

Terapeuta familiar

 

 

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