Noviembre 2017

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“El mal que hacemos es siempre más triste que el mal que nos hacen” 
JACINTO BENAVENTE 

Las grandes alegrías y las grandes desgracias unen a las personas. Crean un ser colectivo que se une en un propósito común. Un sociedad: quizá por eso se utiliza el singular para nombrarla…

Una sociedad, una comunidad, la humanidad completa engloba rasgos compartidos y todo lo que se mueve dentro de ella son reflejos puntuales de lo que ocurre en alguna parte de su sistema.  Cuando reconocemos algo fuera, implica que tenemos esa semilla dentro. Ocurre con lo bueno y con lo malo, y ojo que, a medida que escribo, yo misma me cuestiono la verdad sobre esta dualidad bueno-malo que hemos configurado. Haremos que nos sirva para entendernos ahora.

La maldad que vemos reflejada cada día en los telediarios o con la que nos molestamos a menudo dentro de nuestro entorno no es una culpa externa, no es algo que nos salpica y que está lejos de nosotros. La maldad que vemos un día tras otro amplificada en las pantallas es un auténtico aviso de lo que tenemos que resolver individualmente. Esos que llamamos malos son personas con exactamente nuestras mismas necesidades, encubiertas o condicionadas, sin duda, pero en esencia las mismas. Hay también semillas de amor dentro de ellas. Ruedas del engranaje que han absorbido toda la velocidad de las demás o a quienes han llegado las ideas radicalizadas. Personas que nos muestran lo exagerado de una situación para que tomemos la oportunidad de observarlo, sentir el dolor dentro y entonces restaurar nuestra pequeña parcela de miseria.

Es como si fuéramos ruedas de un mismo engranaje: todas giramos continuamente, solo que hay algunas que recogen la inercia de las demás y superan sus propias revoluciones. Si una pequeña parte del engranaje suavizara su movimiento, todo lo demás notaría su efecto, no solo sirve con echarnos las manos a la cabeza y temer por nuestro propio futuro y el de nuestros hijos. La maldad que interpretamos como ajena es el agitador de conciencias que tenemos diariamente para responsabilizarnos de nuestra propia pureza. Porque no es cuestión de grados, ni de distancia… todo afecta en el mismo engranaje.

Con esto, no digo explícitamente que “tenemos lo que merecemos”, recuerda que me gusta escribir buscando soluciones. Lo que digo es que la maldad se supera con pequeños gestos y sumando buenos resultados. No es necesario que ocurran desgracias para unirnos y entonces enseñar la pasta amorosa de la que estamos hechos, sino que cada día, en cada uno de mis gestos yo me pregunte: ¿Cuándo utilizo la violencia como arma para protegerme? ¿Con qué soy intransigente? ¿En qué ideas separo a los demás de mí? ¿Cuáles son mis actos de irresponsabilidad ecológica o cómo descuido yo mi propio cuerpo? Hacer consciente mis acciones automáticas de oscuridad.

Todo son sencillas acciones de las que, si nos hiciéramos total e individualmente responsables, posiblemente otra película tendríamos delante. Y… repito que es una cuestión individual.

El mundo es una oportunidad para construir, no nos vengamos abajo con la proyección continua de malas noticias. Sin embargo, analicémosla con conciencia y responsabilidad para acercarnos unidos a nuestra propia evolución. Para limpiar en nosotros lo que sigue haciendo daño tras la barrera de nuestra piel. Somos creadores de la realidad con nuestras micro-acciones en sus magno-consecuencias.

Feliz Lunes, feliz semana nueva para cambiar los telediarios.

 Paloma Mesonero-Romanos

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