“Para tener una comunicación brillante hay que tener una escucha brillante”. 
JOAQUINA FERNÁNDEZ
¿Has probado alguna vez a observar una conversación?

Trabajo en equipo, comunicación, sinergia, tertulias, debates… Todas estas estrategias de crecimiento conjunto de nada valen si no utilizamos el ingrediente principal: la escucha.  A menudo creemos que cuando hablamos nos estamos comunicando porque expresamos. Creemos, además, que nuestra aportación puede servirle a la otra persona… pero si observas, la gran mayoría de conversaciones giran en torno a los propios pensamientos. Es decir, lo habitual es que cuando hablamos expresamos nuestras necesidades individuales, pero no compartimos. Hablamos juntos, pero no crecemos en esta comunicación.

No creo que esto ocurra todas las veces, pero si echas un vistazo a tu alrededor, muchas conversaciones se crean desde la defensa y el ego de llevar la razón, o desde el simple divertimento de expresar todo lo que pensamos o sentimos dentro porque también creemos que eso es un buen ejercicio de comunicación. Y llama la atención que luego nos vamos a casa con mal sabor de boca porque no hemos creado la conexión, porque se ha provocado tensión o no nos hemos sentido atendidos.

Comunicar lleva implícita la conexión, ¿es posible conectar si no recibo del otro sus palabras, su estado de ánimo, su espacio? Cuando estos ingredientes no se dan, lo que hago es que toco, atropello o avasallo. Pero no conecto. Si ha salido “favorable” hacia ti, vuelves con la medalla de la razón. Si, por el contrario, se vinieron abajo todos tus argumentos, te invade la humillación o el rechazo hacia la otra persona. ¿Te suena un poco?

Podríamos entender la escucha como un acto de servicio. Pero ante esta afirmación, también puede entrarnos la duda de ¿dónde están los límites de lo que quiero escuchar y lo que no? Bien, abriendo más temas -y casi como si este fuera un pañuelo de esos de mago que tiras y tiras y no termina-  aparece la cuestión del control y el liderazgo: Una conversación no es exitosa cuando nace desde el control. Sí lo es cuando se practica el liderazgo.

Si tratas de controlar, medir y limitar todas las palabras de la conversación queriendo llevarlas a un punto definido, entonces estás ejerciendo el control y sí, sintiéndolo mucho, en realidad estás hablando solo (y además torpemente porque tus interlocutores parece que no te ayudan en esto).  Sin embargo, liderar es dejar el espacio manteniendo tu coherencia y recibiendo los inputs que la conversación quiera regalarte para hacer de tu idea algo más grande y de tu comunicación una experiencia madura.

Me gusta mucho la frase que dice algo así como “tenemos dos oídos y una boca… ¿por algo será verdad?”.

Pero además, me gusta mirarla un poco más de cerca… cada uno de nuestros oídos apunta en una dirección absolutamente opuesta el uno del otro. ¿Querrá decir esto que puedo recoger de un lado y del otro? ¿Que mi sistema necesita recoger información de opciones tan opuestas? Puede ser interesante revisar esto con detenimiento por un momento.

Ahora bien, ¿cómo puedo practicar –en modo kaizen porque hoy decidimos aprender y todavía no somos expertos- a escuchar?
La principal estrategia para ir dando pasos es practicar “estar presente”. En ese momento, aunque sea durante algunos segundos, consigues callar el discurso mental que ya se ha disparado para dar tu opinión. Entonces, se crea un espacio donde te dedicas a la otra persona y se abren las oportunidades de la comunicación –infinitas, regaladas y siempre beneficiosas- que pocas veces abrimos. Se abre la puerta de lo común. COMUN-icación.

No se trata de discursos, no se trata de hablar fluidamente, no es una cuestión de argumentar… es de la creación conjunta. Del verdadero trabajo en equipo en el día a día. Porque, si tú tienes tanto poder como creemos y como Dios dispone sobre ti… ¡cuánto más tendrías si te apoyaras verdaderamente en otras personas! Todo tu éxito vendrá cuando escuches lo que hay más allá de ti.

Porque si no, si efectivamente le sumo mi soledad a la tuya… seguiré teniendo dos soledades.

Te deseamos una semana compartida y feliz.
¡Nos vemos el Lunes que viene!

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