“El inconsciente resuelve de forma excelente problemas complejos cuando la conciencia está ocupada con otra cuestión o, y quizá esto sea lo mejor,
cuando no se le exige nada”.

PHIL JAKSON

El cerebro, convertido en un centro de operaciones, tiene la fascinante capacidad de recoger información de todo tipo y dejarla registrada por si nos fuera útil. Eso sí, de la gran mayoría de esa información no somos consciente ni nos damos cuenta de su registro. Ahora bien, ¿qué pasa con toda esta información? ¿Si no la utilizo conscientemente quiere decir que no ocupa espacio? ¿Dónde queda registrada?

Igual que no nos encargamos de respirar en micro-intervalos, ni programamos el corazón para que bombee la sangre cuando nos acordemos de ello, tampoco lo hacemos a la hora de contemplar todos los datos que necesita registrar nuestro organismo para situarse, funcionar de una manera óptima y darnos un pensamiento desarrollado sobre nosotros mismos y la vida. Todo esto es una gran ventaja, un lujo diríamos, porque gracias a este mecanismo “no orquestado” por nosotros, todos compartimos la posibilidad de situarnos en el pasado, en el presente y en el futuro. Capacidad única del ser humano.

Se ha dividido este mapa de nuestro sistema nervioso completo en 3 niveles:

  • El más superficial, y también el proporcionalmente más minúsculo, es el nivel consciente: Es al que llamamos inteligencia, nuestra despensa de pensamientos, los argumentos, el aprendizaje y estudio, la planificación… Es, precisamente, el que nos permite innovar y añadir nuevos conceptos o reformular los que ya tenemos en nuestro particular almacén informativo. Para muchos, es la única capa mental que creemos tener.
  • En realidad, tenemos también un siguiente nivel, algo más profundo y pocas veces visible, el subconsciente: Es el que nos lleva a los recuerdos y asociaciones emocionales que, aun cuando de forma consciente no hemos buscado, en ciertas ocasiones nos lo encontramos y nos condiciona en nuestras respuestas, formas de sentir o gustos y preferencias. Podríamos decir que es en cierta medida autónomo y no tenemos control sobre él cuando aparece en escena cargado de contenido emocional, pero sí tenemos una discreta capacidad para acceder a él y rescatar información –principalmente emocional o de costumbres-.
  • Más allá de esta parte subconsciente, nos encontramos con la porción más grande del pastel: el inconsciente. Se trata del primer sistema cerebral que comenzó a crearse en todas las especies animales; el que permitió que tanto las funciones del cuerpo como el registro de información general para la supervivencia, se automatizaran y pudiéramos, y ojalá podamos todavía, seguir evolucionando. Son millones y millones de años sumando esquemas e interpretaciones de la realidad que ayuden a cada organismo a optimizar recursos, ser rápidos en la adaptación del ambiente y sobrevivir.
Quizá la frase de “sabe más el diablo por viejo que por diablo” nos sirva para entender esto.
La parte inconsciente de nuestra capacidad cognitiva, sigue gobernando nuestro contexto mental, primero por privilegio de antigüedad, y segundo, por la utilidad que ha tenido trayéndonos hasta aquí sanos y salvos. Lo creamos o no, quizá no somos tan libres como creemos. Al fin y al cabo, han sido generaciones y generaciones cada vez más inteligentes programando un sistema de esquemas, arquetipos, miedos arraigados y atajos mentales. Un molde de realidad que repetimos y repetimos a medida que pasan los años y al que cada uno le suma sus experiencias, aprendizajes familiares y culturales y la interpretación particular de las cosas.
Todo esto, día tras día, es lo que conforma nuestras creencias: condicionante y partitura principal de nuestra vida.

¿Hasta qué punto dejamos que nuestras creencias inconscientes condicionen los resultados que tenemos hoy? ¿Funcionamos de forma automática o innovamos en nuestra interpretación? ¿Repetición o evolución?

El arte, el juego, la distensión, algunas terapias y la desactivación de la parte consciente, nos permiten acceder a la información recogida y almacenada en el inconsciente para que podamos reconocerla y reorganizarla para un funcionamiento mejor y más feliz para nosotros. Reconocer nuestras creencias, los límites escondidos en nuestro inconsciente y acoplar nuevos esquemas a la actual era de la colaboración y del mundo mental desarrollado -y no repetitivo- es una responsabilidad nuestra para seguir mejorando la experiencia de las generaciones futuras y un ejercicio permanente de expansión personal hacia nuestra felicidad.

¿Sumamos conciencia? ¿Restamos creencia?
Con felicidad, innovación, y revisando nuestros propios esquemas, os deseamos una semana libre y renovada. También, lleno de ideas útiles para ti preparamos:

De Nuestro Archivo Secreto #30: Relaciones: capacidad y gozo.